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Umberto Eco no tiene un aro multicolor en el pito

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Foto: M. Pisarro

Todavía hay gente que con una mueca de ensayada superioridad afirma: “Yo no tengo televisor”. Que no tengan televisor quiere decir que no miran televisión y que, de alguna manera, son mucho más inteligentes que todas las personas que sí tienen televisor y sí miran televisión. Se definen por lo que no tienen y por lo que no hacen: como no tienen televisor y no miran televisión, seguro que tienen muchos libros y leen muchos libros, y entonces son más inteligentes que el resto. El filósofo José Pablo Feinmann, por ejemplo, no mira televisión. Lo dijo en un programa de televisión. Más precisamente: lo dijo en un programa de televisión que habla sobre otros programas de televisión. Y Feinmann, aunque no mira televisión, opinaba sobre televisión. Por algo es filósofo.

En los últimos tiempos se sumó una nueva categoría de yo-no-tengo: “Yo no tengo teléfono celular”. Lo digo por experiencia: estuve años exclamando a los cuatro vientos que no tenía celular. Me creía mucho más perspicaz que todos los tarados que mandaban mensajitos de texto y se filmaban mientras se sacaban los mocos de la nariz para subir el video a YouTube. Pero a la larga son tantas las explicaciones que hay que dar sobre por qué uno no tiene celular (especialmente cuando trabaja en diarios, revistas y demás sitios donde le hacen creer que la palabra “urgente” es mucho más urgente que en otros lados), que opté por sumarme al club de los integrados y dejé de jugarla de apocalíptico. Ahora estoy integrado al mundo. Mi celular es mi mejor amigo. Puedo hacer cosas fantásticas con mi celular. Hasta creo que soy más feliz. Y cada mañana me despierto pensando en qué otras cosas puedo comprar para ser todavía más feliz. El consumo funciona.

Claro que Clayton Riddell no estaría de acuerdo. No tener teléfono celular le salvó la vida. De haber tenido teléfono celular ahora sería un extra de las películas de George Romero y andaría tratando de comerle el cerebro a otra gente. Riddell es el protagonista de Cell, la novela de 2006 de Stephen King. Allí, un misterioso “pulso” (“el término era inapropiado, pero diez horas después del suceso, casi todos los científicos capaces de señalar el error habían muerto o habían perdido el juicio”) que se esparce por la red de telefonía celular convierte a quien lo oye en un zombie violento. Según la consultora británica The Mobile World, hay en el mundo unos tres mil millones de teléfonos celulares: uno cada dos personas. Es decir que, de activarse el pulso, la mitad de los seres humanos se volverían zombies e intentarían hacer puré a la otra mitad. La idea es inquietante.

En una entrevista con Paris Review, reproducida a mediados de año por el suplemento Radar de Página 12, King explicaba de dónde salió la idea de Cell: “La idea llegó así: salía de un hotel en Nueva York y vi a esta mujer hablando en su teléfono celular. Y pensé, ¿qué pasaría si recibiera por teléfono celular un mensaje que no pudiera resistir y tuviera que matar gente hasta que alguien la matara a ella? Todas las ramificaciones empezaron a rebotar en mi cabeza como un pinball. Si todos recibieran el mismo mensaje, entonces todos los que tuvieran un teléfono celular se volverían locos. La gente normal vería esto, y lo primero que harían sería llamar a sus familiares y amigos para contarles… por celular. La epidemia se esparciría como una enredadera. Después, más tarde, iba caminando por la calle y vi a un tipo, aparentemente loco, gritándose a sí mismo. Y quiero cruzar la calle para alejarme de él. Pero no es un linyera: está vestido de traje. Entonces veo que tiene un auricular en el oído, y que está hablando por celular. Y pensé: realmente quiero escribir esta historia. Fue un concepto instantáneo: después leí mucho sobre el negocio de los teléfonos celulares. Así que es un libro muy actual, pero su origen es una preocupación sobre cómo nos comunicamos hoy día. Puede quedar fechado dentro de unos años. Estoy seguro de que Ojos de fuego, por ejemplo, ahora parece antiguo. Pero eso no me importa. Uno espera que los relatos y los personajes se destaquen, perduren. E incluso las antigüedades tienen cierto valor”. 

Pero Cell es una novela demasiado buena para remarcar la alegoría ramplona de que los teléfonos celulares convierten a las personas en zombies o dementes. Aun así, en la solapa del libro, Stephen King aclara que él no tiene celular. Un tipo listo.

***

No sé si Umberto Eco tiene teléfono celular, pero se me hace que no. O que al menos hace un uso moderado del mismo. En Turning Back the Clock: Hot Wars and Media Populism (Retrocediendo el reloj: Guerras calientes y populismo mediático), una colección de ensayos recientemente publicada en inglés, Eco relaciona el uso público del celular con una forma específica de exhibicionismo: “El imbécil que se sienta al lado nuestro en el tren haciendo negocios financieros a grito pelado está, en realidad, luciéndose como un pavo real con una corona de plumas y un aro multicolor alrededor de su pene”.

La expresión es genial. Cuando yo sea grande quiero decir que los imbéciles que van hablando a los gritos por celular en el Ferrocarril Roca tienen un aro multicolor en el pito y que la gente me felicite por mi imaginación y me dé muchos premios por usar frases tan buenísimas. Un columnista del New York Times, tras copiar ese párrafo, escribió que millones de lectores ―o al menos él― lo animaban a Eco a que continuara explayándose sobre el tema. Y entonces Eco, vitoreado por las masas, siguió con su punto:

«Los millares de personas que oímos por casualidad en las calles, en restaurantes o en el tren, discutiendo sus asuntos más privados por celular, no están impulsados por la urgente necesidad de comunicar algo de importancia, pues de ser así hablarían en voz baja, guardando sus secretos. Más bien, quieren que todo el mundo sepa que son quienes toman decisiones en una compañía que fabrica heladeras, que venden y compran en la Bolsa de Valores, que organizan conferencias, o que su pareja los abandonó. Han pagado por un teléfono celular y las robustas cuentas que vienen con él, para hacer alarde de sus vidas privadas delante de todos”.

Ya en un texto de 1991, “How Not to Use the Cellular Phone” (Cómo no usar el teléfono celular), compilado en How to Travel with a Salmon & Other Essays (1994, versión en inglés de Il secondo diario minimo, de 1992; desconozco si está traducido al español), Eco decía que el teléfono celular no tenía sólo el obvio propósito de la comunicación sino que, en el ámbito de los negocios, poseer uno se había vuelto tan importante como tener una corbata. Hoy el universo de la telefonía celular se amplió, excedió el ámbito de los negocios, pero el principio perdura. Ya Roland Barthes, en un pasaje clásico de La aventura semiológica (1985), había señalado que un teléfono no es simplemente un teléfono: que sí, claro, un teléfono sirve para hablar por teléfono, pero que un teléfono blanco, por ejemplo, transmite “cierta idea de lujo o de femineidad”. Que el sentido excede su función. Que los objetos “significan”.

Pero con tres mil millones de teléfonos celulares, la diferencia ya no la hace sólo tener un teléfono celular, ni una marca y modelo específico de teléfono celular; ni siquiera uno blanco, bien lujoso y femenino. Ahora, además, hay que sobresalir del resto remarcando la importancia de la conversación: compartiendo con cualquiera que esté a diez metros a la redonda cuáles serán los nuevos diseños de heladera, qué acciones se vendieron hoy, cuándo será la próxima conferencia del renombrado filósofo que no mira televisión o por qué esa desagradecida/ese bastardo se mandó mudar. 

Hay que tener celular, pero también hay que ponerse un aro multicolor en el pito y empezar a sacudir las plumas. ¿O de qué sirve hablar por teléfono si nadie alrededor está escuchando? ¿De qué sirve no mirar televisión si uno no va a la televisión a contarlo?

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