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La cultura contra el hombre

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Foto: M. Pisarro

“Nosotros somos la presa y la cultura es el depredador”. Eso dice una canción del grupo punk Bad Religion. “The Defense”, se llama, publicada en el álbum The Process of Belief de 2002. Es una gran expresión y la canción es fantástica. El cantante y principal letrista de Bad Religion, Greg Graffin, es un biólogo evolucionista que da clases de ciencias naturales en la Universidad de California de Los Ángeles. Además de ser el cantante de Bad Religion. Una vieja canción de Dead Kennedys se preguntaba si los punks renegarían de su educación. Graffin nunca lo hizo.

La relación entre frase de la canción y la carrera académica del cantante quizás no sea casual, pensaba, a propósito de un libro escrito por un antropólogo, Jules Henry, que se titula La cultura contra el hombre. Tanto la canción de Bad Religion como el libro de Henry parecen darle forma a una misma idea: que es imposible escaparse de nuestras instituciones culturales, que es imposible construir nada más allá de sus límites. Que donde Graffin cantaba: “Estas cosas raramente son lo que parecen/ No estoy inclinado a disfrutar mis sueños”, Henry pudo haberle respondido: “El segundo mandamiento moderno, ‘¡Consumirás!’, es el complemento natural del primero: ‘¡Cread más deseos!’”. 

Jules Henry no es uno de los grandes nombres del pensamiento del siglo XX. Simplemente quedó como uno más del montón, bien atrás, un poco borroso en la fotografía. No son muchos quienes lo conocen. Sus tres libros están descatalogados y son difíciles de encontrar, incluso en su idioma original. Hallé La cultura contra el hombre en una librería de saldos de la Avenida Corrientes, en la ciudad de Buenos Aires, hace años; lo compré porque salía monedas y el título era buenísimo. El libro está amarillento, baqueteado, las tapas y la mitad de las páginas carcomidas por la humedad. Todavía tiene el precio marcado con lápiz: cinco pesos.

Considerando el estado en que se encontraba el tomo, creo que me cobraron de más.

***

La cultura contra el hombre se publicó en inglés en 1963 y en español en 1967 (a través de Siglo XXI de México). Desconozco si hubo reediciones, pero sospecho que no. De Henry tampoco hay mucha información. Estadounidense, nació en 1904 y falleció en 1969. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Columbia, donde fue discípulo de Franz Boas y Ruth Benedict (según la contratapa del libro). Luego estuvo en la Universidad de Chicago y en la Universidad Washington de St. Louis. Hizo trabajo de campo con aborígenes de México, Brasil y Argentina (me pregunto con cuáles; supongo que con los Pilagás, según su bibliografía, aunque no pondría las manos en el fuego por mis dotes detectivescos). Otro de sus libros es Pathways to Madness (1965), donde evalúa la influencia de ciertas instituciones sociales, como la familia o la escuela, en el surgimiento de enfermedades mentales. El tercero y último, On Sham, Vulnerability and other forms of Self-Destruction, póstumo, de 1973, es una colección de ensayos donde examina cómo se socializa a los niños para que acepten y utilicen la deshonestidad como herramienta de interacción social.

Una de las cosas que más me llamó la atención de La cultura contra el hombre es el primer párrafo del prefacio. Es simplemente perfecto. La última oración tiene una contundencia demoledora, melancólica, tremenda. Te sacude como un buen susto de película de terror. Dice así:

“Terminé este libro en abril de 1962, en el décimo mes de mi año sabático. La tierra se ve magnífica a través de mi ventana; las últimas hojas pardas protectoras caen del roble y hojas amarillo-verdosas brotan de las ramitas del sauce; el membrillo japonés está lleno de pequeñísimas hojas y los brotes aún más minúsculos de las futuras flores surgen entre aquéllas con su color rosado. La semilla de durazno que plantó mi mujer es un arbolito de tres metros ahora, en esta primavera, y el cornejo está pardo de tantos nuevos brotes surgidos como la espuma. Parece imposible que el mundo sea tal como lo describo en este libro.”

El mundo tal como lo describe Henry es impiadoso. La publicidad es el sistema filosófico imperante, la vida en las escuelas está basada en la chismografía y la popularidad, los hospitales públicos son centros donde se amontonan cuerpos obsoletos. Las instituciones de la sociedad industrial, cuya función es cohesionar los valores de los seres humanos, se arrojan contra ellos para someterlos, para doblegarlos, para empujarlos hacia los límites de su propia humanidad: para convertirlos en cosas.

“Si en cada contacto humano algo se comunica, algo se aprende y algo se siente, entonces, donde nada se comunica, donde nada se aprende ni se siente, nada humano hay tampoco. Los vastos silencios de los hospitales, especialmente en las salas de varones, nos dicen que allí la humanidad va menguando. La misma quietud, sin embargo, informa a los enfermos ―no tanto porque lo piensen, sino porque lo sienten― de que no son seres humanos. […] Pero el silencio no es la única forma de comunicación deshumanizadora a la que estas personas están expuestas. Paredes desnudas, hileras de camas pegadas las unas a las otras, la tristeza de sus camaradas de cuarto, los orinales y cómodos, los olores, la rutina, todo eso les dice que se han convertido en deshechos.”

El mundo tal como lo describe Jules Henry es el mismo mundo que, medio siglo después después de que terminara su libro, en el décimo mes de su año sabático, sigue estando del otro lado de la ventana. Sólo que la palabra “contra” todavía daba una sensación de igualdad en la pelea: que haya depredadores y presas ofrece un mejor panorama acerca de quién fue el ganador.

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