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Enfermo por la música

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Fotos: M. Pisarro

Salió un nuevo libro de Oliver Sacks y eso siempre es una buena noticia. Sacks es un neurólogo británico radicado en Estados Unidos, nacido en 1933, amante de las piscinas y de los helechos, que escribió libros formidables sobre algunos casos que ha tratado: una sana mezcla entre rigor científico y destreza literaria.

Despertares (1973), por ejemplo, cuenta los esfuerzos de los médicos del Beth Abraham Hospital (hoy Beth Abraham Health Services) del Bronx, Nueva York, a fines de la década de 1960, por despertar a quienes padecían la enfermedad del sueño (encefalitis letárgica) desde la década de 1920, mediante el uso de la por entonces novedosa L-DOPA. La encefalitis letárgica sigue siendo una de las grandes curiosidades de la medicina del siglo XX: se esparcía a través de las moscas tse-tsé, apareció en la década de 1920 y se fue tan pronto como llegó (dejó entre uno y cinco millones de muertos, las fuentes varían así de escandalosamente: parecen cifras de encuestadores políticos). Ochenta años más tarde, se concluyó que había sido producto de una bacteria estreptococos mutada.

Harold Pinter usó el libro de Sacks para su obra de teatro de 1982, A kind of Alaska. En 1990, se estrenó una versión cinematográfica de Despertares, dirigida por Penny Marshall, con Robert De Niro, Robin Williams y otros. La película y sus actores recibieron varias nominaciones al Oscar. Se supone que la larga canción (dura veinticuatro minutos) del grupo de metal progresivo Dream Theater, “Octavarium”, también se inspira en el libro de Sacks. Muchos otros textos y libros de Sacks (por ejemplo, Un antropólogo en Marte) se llevaron al cine y al teatro. Es ciertamente peculiar que los casos tratados por un neurólogo se conviertan en material de guiones cinematográficos y obras de teatro (o en canciones de heavy metal sinfónico), pero bueno: hay cosas más raras en el mundo y nadie está pataleando.

El libro que parece haber tenido el efecto más poderoso en círculos académicos, además de venderse de maravillas en supermercados (lo cual siempre es una buena noticia, digan lo que digan los llorones, los pacatos y los papanatas que no pueden escribir ni una lista de compras sin creer que han redactado una maravilla digna del Louvre y no de las góndolas de Disco), fue El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En Navegaciones, su libro de 1994, Aníbal Ford anotó: “Oliver Sacks ha escrito textos que, desde la neuropsicología y la neurolingüística, iluminan problemáticas centrales de la cultura ‘posescriturial’ aunque no se refieran precisamente a ella”. Sus textos ―quería decir Ford― son buenas herramientas para construir analogías, buenas herramientas para pensar.

El caso que daba título al libro de Sacks era más que interesante. El paciente, conocido como el Señor P., víctima de un tumor en el hemisferio derecho de su cerebro, sólo podía ver abstracciones. Mantenía su gnosis formal pero era incapaz de reconocer algo concreto: construía el mundo como un ordenador, mediante rasgos distintivos y relaciones esquemáticas. Era incapaz de reconocer una “rosa”, aunque podía comprender que era “una forma roja enrollada con un añadido lineal verde”. Está claro por qué Ford estaba tan entusiasmado; Sacks decía que las ciencias modernas parecían seguir el caso del Señor P.: priorizaban lo abstracto por sobre lo concreto, eran capaces de reconocer las relaciones esquemáticas pero no el objeto delimitado por tales relaciones. En otro lado Ford dijo que todo será discurso y metadiscurso, pero que la gente se caga de hambre es indiscutible. Y a eso no hay con qué darle: entre tantas abstracciones ―decía Ford― a veces se pierde de vista la cosa más concreta. Por ejemplo, que detrás de las cifras del INDEC y de los congresos intelectuales que explican qué modelo de país queremos y de las películas que triunfan en el extranjero mostrando la vida de los cartoneros, que detrás de todo eso, la gente se sigue cagando de hambre.

El caso del Señor P. es todo lo gracioso que suelen ser estas cosas cuando le pasan a alguien más y no a uno. Hay algo del Señor Magoo en la descripción que hace Sacks del Señor P.: le daba palmaditas a las bocas de incendio porque pensaba que eran cabezas de niños, entablaba conversaciones con picaportes de puertas, hasta intentó ponerse a su esposa en la cabeza porque se la confundió con un sombrero. El Señor P. sólo podía ver “partes”, pero era incapaz de establecer un todo a partir de esas partes: veía algo rojo enrollado con una cosa larga verde, pero era incapaz de ver una rosa.

Un detalle: el Señor P. era músico, y cuando le pidió a Sacks una explicación de qué era lo que le ocurría, el neurólogo le replicó: “No puedo decirle cuál es el problema, pero le diré lo que me parece magnífico de usted. Es usted un músico maravilloso y la música es su vida. Lo que yo prescribiría, en un caso como el suyo, sería una vida que consistiese enteramente en música. La música ha sido el centro de su vida, conviértala ahora en la totalidad”.

Algo así podría decirse de la vida de Sacks cuando uno sigue su biografía y su bibliografía: la música ha sido el centro de su vida, y ahora, con su último libro, acaba de convertirla en la totalidad. Musicophilia: Tales of Music and the Brain, se llama el flamante libro.

Los casos que combinan “música” y “cerebros” se amontonan: un musicólogo amnésico, Clive Wearing, incapaz de recordar nada por más de unos segundos se refugia en su piano; un eminente psicoanalista no puede dormir porque alucina con canciones de rabinos; un tipo se electrocuta, se le para el corazón, lo reaniman y desde entonces no hace otra cosa que escuchar música clásica que le llega de “algún lugar”, así que se compra un piano y aprende a tocar por sí mismo. La música ―explica Sacks― abre una ventana a casi todos los aspectos de la vida y de las funciones cerebrales. Y si se entiende la relación entre la música y las funciones cerebrales, entonces esa relación puede convertirse en prescripción: puede sanar.

En una entrevista publicada en Wired, Sacks comentó: “El poder terapéutico de la música me pegó dramáticamente en 1966, cuando empecé a trabajar con los pacientes de Despertares en el Beth Abraham del Bronx. Observé pacientes post-encefalíticos que parecían congelados, paralizados, incapaces de dar un paso. Pero dejando correr la música, podían cantar, bailar y estar activos de nuevo. Los enfermos de Parkinson tienen dañada la habilidad de ejecutar acciones en secuencia. Necesitan una estructura y organización temporal, y el ritmo de la música puede ser crucial. En personas con Alzheimer, la música incita el recuerdo, trae el pasado de regreso como ninguna otra cosa”.

La música como elemento terapéutico comenzó a practicarse de manera sistemática desde la década de 1940 (aunque pueda rastrearse la idea, y el uso, hasta algunos textos griegos). Y en algunos casos funciona. Por ejemplo, en episodios de desórdenes motrices y de habla; también en casos de afasia y diferentes formas de demencia. Sacks señala el caso de un hombre con Síndrome de Tourette, martirizado por unos 40.000 tics al día, cuya vida mejoró considerablemente cuando la familia compró un piano. Cuando toca el piano, todo está bien.

Quizás sea como dice esa canción del grupo punk Rancid que ya empieza a cargar sus años: hay que prenderla, subirla al tope y cuando la música pega, uno ya no siente más dolor.

***

Hace poco me enviaron un mail con montones de chistes sobre músicos. Casi todos tienen algo divertidamente hiriente (“¿Por qué los gaiteros caminan mientras tocan? Para alejarse del ruido”; “¿Cómo se hace para que un chelo suene hermoso? Vendiéndolo y comprando un violín”; “¿Cuál es la diferencia entre un violinista y un perro? Que el perro sabe cuándo dejar de hacer ruido”), pero los mejores son los que hacen referencia a los bateristas y a la relación entre su coeficiente intelectual y su trabajo consistente en golpear cosas (“¿Cuál es la diferencia entre un baterista y una caja de ritmos? Que a la caja de ritmo hay que darle información sólo una vez”). Hay uno que me dio mucha risa que decía que un baterista le preguntó a su mamá si él era el más alto de la salita de jardín de infantes por ser baterista, y la mamá le explicó que no, que era el más alto porque tenía 37 años.

Uno de los chistes explicaba que un baterista, cansado de los chistes sobre bateristas, decide aprender a tocar un instrumento de verdad y para eso va a comprarse un acordeón. Entonces llega a la casa de instrumentos y dice:

―Quisiera ver los acordeones, por favor. 

―Acá están todos ―dice el vendedor, mientras señala una estantería llena de acordeones.

El baterista los mira un buen rato y se decide:

―Quiero ese acordeón grande y rojo de la esquina.

El vendedor lo mira.

―¿Usted es baterista, no?

―Sí, ¿cómo sabe?

―Porque ese acordeón rojo y grande es el radiador.

***

La pregunta parece ser siempre la misma: ¿qué tiene en la cabeza alguien cuyo trabajo es golpear cosas bajo la consigna de que está haciendo música? En Musicophilia, Sacks explica que el cerebro de los músicos profesionales es diferente al de quienes no son músicos profesionales. Por ejemplo, el cuerpo calloso (el haz de fibras nerviosas que conecta los dos hemisferios del cerebro) es más grande. Y las personas con oído absoluto (aquellos capaces de identificar o recrear una nota sin ayuda de otra nota referencial) tienen una dilatación asimétrica en la región del cerebro responsable de procesar la información del sistema auditivo. Por todo esto, dice Sacks, los anatomistas no tienen problemas en detectar el cerebro de un músico, aunque no podrían detectar el cerebro de un escritor o un artista visual (y voy a ahorrarme todos los chistes obvios acerca de por qué no podrían detectarlo). No está claro cuánto de esto es innato y cuánto se desarrolla con el entrenamiento musical y la práctica, pero según Sacks hay un correlato de estas marcas con la edad en que comenzó el entrenamiento musical y con la intensidad del mismo.

Sin embargo, no hace falta ser músico para tener un cerebro especial y que este cerebro especial tenga alguna relación con un elemento musical. No es extraño que las personas con Síndrome de Williams, por ejemplo, tengan oído absoluto. O que la proporción de quienes tienen oído absoluto entre aquellos que han nacido ciegos sea de 1/2, mientras que entre músicos profesionales es de 1/10 y entre no músicos de 1/10.000. Sacks llama a estos pacientes “especies hipermusicales”. Y, de todas maneras, siguen siendo asuntos difíciles de explicar.

“La música no representa nada tangible, ninguna realidad terrestre ―siguió Sacks en la entrevista con Wired―. Representa cosas del corazón, sentimientos que están más allá de la descripción, más allá de la experiencia que uno ha tenido. La cualidad emocional no-representacional pero indescriptiblemente vívida es tal que le hace pensar a uno en un mundo inmaterial o espiritual. No me gustan estas dos palabras porque, para mí, lo así llamado inmaterial y espiritual está siempre revestido en lo corpóreo; en ‘la santa y gloriosa carne’, diría Dante”.

Está bien, la música está encarnada. ¿Pero cómo? ¿Qué quiere decir eso? A mediados de año el sitio de la APS (American Physical Society) anunció que un equipo de físicos liderados por Simone Bianco y Paolo Grigolini, del Centro de Ciencia No Lineal de la Universidad del Norte de Texas, había demostrado la relación entre actividad cerebral y composición musical. La actividad cerebral fue monitoreada con electroencefalogramas que grabaron los signos eléctricos de la superficie del cerebro. Las composiciones musicales se analizaron en base a su melodía, armonía, ritmo, tono, timbre y otros factores. El resultado fue una enorme equivalencia entre los patrones de los signos eléctricos del cerebro y el de las composiciones musicales.

El equipo estableció un índice de complejidad para las composiciones y la función cerebral: un número que midiera la complejidad tanto de la composición como de la función eléctrica. Los índices de complejidad en ambos casos fueron menos de dos. Esto sugiere que ambos, la función cerebral como la composición, se auto-organizan, aunque en el caso de la composición se trataría de la auto-organización de su compositor. La hipótesis a probar en estudios posteriores es que el índice de complejidad de una y otra cosa señalarían diferentes gustos musicales.

Poco después, se conoció un estudio mucho más sorprendente. Investigadores de Georgetown University Medical Center señalaron que dos aspectos diferentes del lenguaje y de la música dependen de los mismos dos sistemas de memoria del cerebro. Un sistema cerebral, basado en el lóbulo temporal, ayuda a memorizar la información de la música y el lenguaje; por ejemplo, las palabras y el significado en el lenguaje, o las melodías de las canciones. El otro sistema, con base en el lóbulo frontal, ayuda a aprender las reglas que subyacen tanto en el lenguaje como en la música; por ejemplo, las reglas de sintaxis en oraciones y las reglas de armonía en música.

Hasta ahora se creía que el lenguaje y la música compartían el conjunto de estructuras proporcionado por los procesos del lóbulo frontal. Pero tanto el lenguaje como la música requieren de la asimilación de información arbitraria: palabras, melodías, etcétera. El estudio es importante porque estaría señalando, por primera vez, que tanto la música como el lenguaje dependen no de uno sino de dos tipos de sistemas cerebrales diferentes: uno para las reglas, el otro para las cosas arbitrarias. 

Pero hay algo todavía mejor. Una investigación realizada en la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, publicada también a mediados de año, señala que las personas sordas al tono musical (aquellas que no pueden distinguir entre dos notas musicales) tienen una deficiencia para ubicarse en el espacio. Es decir que la misma región cerebral que controla la comprensión del tono musical es además responsable de la orientación espacial. Y de ahí puede explicarse que en tantas culturas diferentes las notas musicales sean definidas como altas o bajas: la analogía es ante todo espacial. 

El experimento arrojó un resultado fantástico: sometieron a personas sordas-al-tono, personas normales sin formación musical y personas con formación musical a una prueba que consistía en acomodar figuras en una computadora. A las personas sordas al tono les costó más y cometieron bastantes errores; el resto salió bien parado. Pero cuando se los sometió a un experimento similar donde intervenían capacidades musicales y espaciales al mismo tiempo, la situación se invirtió: quienes antes habían quedado como los lentines de la clase la pasaron mejor y los que peor salieron parados fueron las personas con formación musical.

Claro que nada de esto explica la proliferación de chistes sobre bateristas. Quizás se deba a que en general no los vemos acomodando figuras en computadoras sino haciendo su trabajo, que consiste en golpear cosas y afirmar que el ruido resultante es música. Una vez le preguntaron a John Lennon si Ringo Star era el mejor baterista del mundo. Lennon respondió: “¿El mejor baterista del mundo? Ni siquiera es el mejor baterista de los Beatles”.

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