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Otro texto de Navidad

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Noche Buena era mi día preferido del año cuando era chico. Nada superaba ese día. Décadas después, sigue sin haber otro día mejor. Uno se levantaba temprano por pura inercia, porque sabía que era un día que le deparaba varias aventuras. Empezaba a la mañana, cuando se juntaba con sus amigos y pedaleaba en busca de los mejores cuetes que unas pocas monedas pudieran comprar. Era imposible no contagiarse del bullicio general, allá en los suburbios del sur del conurbano bonaerense: las compras de último momento, los vendedores ambulantes, los gritos, las bolsas cargadas, el olor a fruta (siempre relacioné las fiestas de fin de año con las frutas), los paquetes y los moños, las luces de colores, los pesebres, los abrazos. Especialmente los abrazos. Siempre me llamaban la atención cuando era chico: la gente se abrazaba fuerte y se despedía como si estuvieran partiendo rumbo a una guerra o hacia una expedición a Marte, como si el barco de la Legión Extranjera los estuviera esperando ahí mismo. Hoy, cuando yo también abrazo fuerte y me despido como si estuviésemos yéndonos con la Legión Extranjera a Marte, sigo sorprendiéndome. Pero no por eso dejo de abrazar.

Elegir los cuetes era una tarea seria. Había que seleccionarlos con cuidado. Los criterios estaban claros: destrucción antes que colorido y cantidad antes que calidad. Nada de bengalas ni cañitas voladoras ni cosas vistosas para ñoños. Uno no podía romper nada con una cañita voladora, y si no podía romper nada, ¿cuál era el chiste? Para eso se quedaba revoloteando con Estrellitas como una nena y listo. El chiste era explotar cosas, aunque más no fueran latas, botellas o caracoles (sí, los chicos pueden ser crueles a veces). A mí me gustaban los rompeportones, que ya desde el mismo nombre estaban buenísimos. Quizás podían matizarse con algún petardo, y de estar muy bohemio con una metralleta, y hasta con fosforitos si uno se sentía medio pícaro. Pero lo ideal eran los rompeportones. Y siempre había lugar para el cuete: uno que salía más caro que todos los demás juntos, que lucía enorme y amenazante, que con solo verlo se sabía que había que taparse los oídos. Era el postre, el momento central y casi siempre decepcionante: el ruido y la destrucción eran poco en relación a semejantes nueces.

El almuerzo pasaba sin pena ni gloria, porque todo el mundo se concentraba en la cena de la noche. Es un lugar común señalar que se cocinaba como si estuvieran invitados a cenar a quince equipos de rugbiers en ayunas, pero sí: se preparaba comida a lo bruto. Para el día, para el siguiente, y seguramente para el resto de la semana. Se cocinaba desde temprano, y así, cuando la tarde comenzara a caer, ya todo quedaría preparado para el vermú con papas fritas y el desfile interminable de amigos, vecinos, parientes, más amigos, más vecinos y más parientes.

Los chicos, como escribió Beatriz Sarlo, estábamos confinados entre dos tipos de exclamaciones lingüísticas: “¡Salí de ahí!” y “¡Vení para acá!”. Si hacíamos algo, éramos unos hinchapelotas; si no hacíamos nada, seguramente estábamos conspirando y éramos sospechosos. Si uno se quedaba hecho un bollito para que no lo retaran, seguro que lo llamaban a los gritos para preguntarle qué estaba haciendo ahí tan callado; si no se quedaba callado y daba vueltas en la cocina, seguro que le decían que se dejara de joder y se las tomara de ahí. Los grandes no saben lo que quieren, pensaba uno. Y hoy, ya de grande, no puedo más que darle la razón a los chicos: los grandes no tenemos la más pálida idea de qué queremos. Nuestro trabajo es simular que sí. Y hacerlo lo mejor posible.

Así que uno pasaba la tarde como podía. Con suerte dormía una siesta, miraba en la televisión alguna versión de Cuento de Navidad de Charles Dickens (Scrooge de 1951 es maravillosa, aunque luego, eventualmente, nada le ganaría a Bill Murray contra los fantasmas), jugaba unos fichines en algún antro del infierno o le daba duro al joystick del Atari 2600 en casa, salía con la bici de llantas de cucharitas de helado o se iba al potrero a patear un rato. A la tardecita todo cambiaba. Uno ya estaba bañado y vestido con la ropa de salir. Entonces se iba con sus amigos a vagabundear de casa en casa: saludaba, comía confites, tomaba Coca y a veces algún padre cómplice destapaba una sidra. Salía de una casa e iba a la siguiente. Creo que ése es el recuerdo más idealizado que tengo de las fiestas navideñas: el sol cayendo y el cielo rojo del atardecer, un grupo de mocosos caminando por el medio de la calle suburbana, pateando piedras, riéndose, oyendo los estruendos alrededor, viviendo como si el futuro no existiera y todo, absolutamente todo, fuera posible. Salido de las páginas del Maine de Stephen King, lo concedo, pero no voy a disculparme por haber tenido una infancia feliz. Bah, “feliz”. Por haber sido otro chico suburbano del montón: gomeras, bicicletas, radios, mucho potrero y ningún libraco hasta bien entrados los años de universidad.

Luego uno volvía a su casa más o menos para el momento de la cena. Y entonces cenaba: primer plato, segundo plato, tercer plato, décimo plato, decimonoveno plato, el helado y la ensalada de frutas, los confites y turrones. Finalmente, a las doce, cuando el cielo parecía venirse abajo de tanto ¡pzzzzzzzz! y ¡puuuuum!, llegaba Papá Noel. Cuando era bien chico, no podía creer lo genial que era Papá Noel. El tipo se escabullía en la casa (entraba por la cerradura de la puerta, me explicaron, pues no había chimenea a mano), dejaba un montón de regalos, no se robaba nada y se iba tan pronto como había llegado. Hubo años en que quedé con la boca abierta cuando vi entrar a Papá Noel por la puerta; otros años me tocó distraer a los más chicos mientras acomodaban los regalos bajo el árbol; y otros años también me tocó ponerme la barba blanca y el traje rojo de Coca Cola.

Y en cierto modo muchas cosas no han cambiado. Ya en la adolescencia uno pone su obligatoria cara de culo y se preocupa más por saber qué hará después de las doce que por comer las doce pasas de uva que le amontona su abuela. Los veintipico se balancean entre lo que queda de la adolescencia perdida y esa nueva mirada que florece conforme pasan los años: conforme las cosas queridas se van perdiendo una por una mientras trata de aferrarse a lo que le queda. Cuando ya pasa los treinta, y supongo que más adelante también, sólo quiere que sus cosas y su gente dejen de irse en el barco de la Legión Extranjera. Uno solo quiere los abrazos fuertes, pero ya no quiere más largos adioses.

El día de Noche Buena se trata de esperas. Uno espera todo el día a que se haga de noche, de noche espera la cena, durante la cena espera que sean las doce y a las doce espera que llegue Papá Noel con la bolsa de regalos. Supongo que no es ninguna definición formal, pero creo que la esperanza se trata de eso: de esperar. Esperamos querer y que nos quieran, esperamos que nuestros sueños sean más que sueños, esperamos estar a la altura de quienes confían en nosotros y esperamos que quienes están extraviados en algún camino oscuro encuentren la senda hacia la claridad. Esperamos conservar lo bueno, esperamos cambiar lo malo. Esperamos que las alegrías sean mayores que las tristezas, que las ganancias sean mayores que las pérdidas. Esperamos. Esa es mi definición de esperanza, la que en Noche Buena se pone en escena con cenas aburridas en familia, exceso de alcohol y regalos en paquetes de colores imposibles: la vida es triste y miserable para casi todos, pero a veces una sonrisa a tiempo puede hacernos cruzar la línea que va de la oscuridad a la luz. Lo que esperamos ―como escribió Italo Calvino al final de Las ciudades invisibles― es encontrar qué no es infierno en medio del infierno, darle espacio y hacer que dure.

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