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¡A ver, bultos, hagan algo!

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Foto: C. Soledad

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la tarde. Callao y Santa Fe. Apenas pueden darse dos pasos sin chocarse contra el paquete de regalo de alguien. Vamos hacia Musimundo a comprar discos para el arbolito. Hasta un rato antes estaba tirado en la cama con el firme propósito de quedarme tirado en la cama. Sonaba el teléfono pero no atendía. En general no suelo atender el teléfono. Todos saben dónde vivo. Si es importante pueden tocar timbre. El teléfono insiste. Luego un mensaje de texto. Un amigo me escribe: “¡Atendé!”. Atendí. Me informó que su novia tenía ganas de ir a ver una instalación artística en no sé qué túnel de Avenida del Libertador. De alguna manera se las había arreglado para convencer a mi amigo de ir a la instalación artística del túnel, y de alguna manera mi amigo se las arregló para convencerme a mí de ir con ellos.

En venganza, yo me las iba a arreglar para arrastrarlos al Obelisco para ver bailar a Julio Bocca. El espíritu navideño nos hace ser malévolos.

Entramos a Musimundo a las seis y media. La instalación empieza a las siete. Sospechamos que será una porquería y se los dejamos saber a la novia de mi amigo: será la responsable de nuestro tedio. Mi amigo y yo vamos al sector de discos, ella va al sector de libros. Revolvemos bateas, se consiguen buenos discos por $19.90. Me pregunto por qué comprar discos si se pueden descargar gratis de Internet. La novia viene con el último libro del ahora ex periodista deportivo Adrián Paenza, Matemática… ¿Estás ahí? Episodio 3. Me pregunto por qué comprar el libro de Paenza si se lo puede descargar gratis de Internet. Me pregunto por qué comprar un libro de Paenza y punto.

La cola de la caja parece una viborita. Da una vuelta y vuelve a doblar. Tenemos para rato. El espíritu navideño es rentable, acá, del lado bueno de la ciudad.

—Está bien —digo—. Vamos a esa porquería artística. Pero después vamos a ver Julio Bocca.

—No —dice mi amigo—. No quiero ir a ver a Julio Bocca. ¿Por qué querés ir a ver a Julio Bocca?

—No sé. Ayer a la noche estaban probando sonido cuando yo espera el 100 en la parada. Se escuchaba bien. Había un tipo y una tipa bailando.

—¿El tipo era Julio Bocca?

—No sé, no creo. Tampoco se veía bien desde la parada del 100. Unos cartoneros que estaban ahí me dijeron que sí, que era Julio Bocca, pero no sé si era. Igual, puede pasar caminando por al lado y ni lo conozco.

—¿Entonces para qué querés ir a ver a Julio Bocca? No quiero ir a ver a Julio Bocca. ¿Por qué Julio Bocca va a estar bailando en la 9 de Julio? En la 9 de Julio tiene que haber autos, no Julio Bocca. No tiene gracia. Es más divertido ver a los autos andando en el Teatro Colón: arriba del escenario, saltando de los palcos, entre las butacas. Es como cuando tocan música clásica en el Hipódromo de Palermo. O Luciano Pavarotti en el Campo Argentino de Polo. No tiene gracia. Lo interesante es ver una carrera de caballos en el Colón.

—Tu humor es malísimo, pero al menos me estás dando material para el texto.

—¿Vas a escribir sobre todo esto?

—¿Por qué te pensás que iría a un túnel a mirar arte y a la 9 de Julio a mirar a Julio Bocca?

—¿Porque quizás haya chicas?

—Por eso, y para escribir algo.

—Pero yo no quiero ir a ver a Julio Bocca. Y tampoco quiero ser un personaje imaginario de tu texto.

—La vida es injusta. Aguantatelá.

***

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la tarde. Caminamos por Callao en dirección a la línea D del Subte. Ya son las siete, el espectáculo artístico empieza a las siete. Las matemáticas no cierran. No sé qué diría Paenza.

—Vamos a llegar tarde —digo—. Bueno, no importa. Mejor, tal vez. Pero después vamos a lo de Julio Bocca.

—No –dice mi amigo—. No vayamos a lo de Julio Bocca.

—Admito que ver a Julio Bocca en la 9 de Julio no es tan divertido como ver un congestionamiento de autos dentro del Colón… —digo, robándole el chiste, porque su novia no lo había escuchado. Me mira como si fuese un retardado y no hace ningún comentario.

La premisa de mi amigo es buena. Quiere decir, en el fondo, que para cada cosa hay un lugar. A principios de noviembre de 2007 fui con mi novia al “Yeah!!! Festival”. Este “Yeah!!! Festival” tenía tres bandas como únicos números, lo cual privaba de sentido a ese “Festival” del título, prosódicamente acentuado en la “e” aunque la sílaba tónica no alcance para convertir en esdrújula la palabra (pues uno debería acentuarla, “féstival”, y el español se rompería todo). ¿Tres bandas hacen un “festival”? ¿Qué vendrá luego? ¿Ópera sin libreto? ¿Tenores en el hipódromo? ¿Caballos en el Colón?

Ese día, en una cancha de Vélez a medio llenar, tocó Starsailor (que no sabía qué era y que no vi), Travis (que no sabía qué era y que me gustó bastante, creo que porque arrancaron con una canción de su último disco, llamada “Selfish Jean”, cuyos primeros seis segundos son parecidísimos a “Lust for Life” de Iggy Pop y eso predispone bien a cualquiera) y, para cerrar ese “festival”, The Killers (que sí sabía qué era y que me aburrieron a la tercera canción). También comí un choripán. Mi novia comió una hamburguesa. Ambos tomamos Coca Cola. Aunque disfruté del show de Travis, creo que lo mejor fue el choripán. Comer un choripán en la cancha es una costumbre que todo ser humano debería practicar cada tanto para sentirse en armonía con el universo. ¿Pero qué habría pasado si me hubiese sentado a comer mi choripán en el Colón, viendo a Julio Bocca? ¿El universo habría estado a salvo?

—Mejor vamos a la casa de mi mamá –propone mi amigo-. ¿Te conté que vino una amiga de su inquilina?

—No.

La madre de mi amigo tiene una inquilina neoyorquina que vino a estudiar español.

—Te va a gustar. Se postuló para alcalde de su pueblo –dice mi amigo.

—¿Cómo que se postuló para alcalde de su pueblo?

—Se postuló para alcalde. Vive en un pueblo de doscientos habitantes y se postuló para alcalde.

—¿Ganó?

—Perdió.

—No podés perder unas elecciones en un pueblo de doscientos habitantes.

—Pero al menos se postuló. Tiene veinte años. ¿Qué estábamos haciendo vos y yo a los veinte años?

—No me acuerdo.

—Exacto.

—Sí.

—Ella se postuló y perdió, pero al menos puede decir que fue candidata a alcalde.

—Pero es difícil perder unas elecciones en un pueblo de doscientos habitantes. Entre familiares, amigos, compañeros de escuela, vecinos, amigos de amigos, ¿no juntás cien personas más una y ganás? ¿Cómo hacés para perder?

—Bueno, tiene que empezar por algún lado. Clinton no se levantó un día y se postuló para presidente. Hizo algo antes. Además, es mejor postularse y perder en un pueblo de doscientos habitantes que lo que hicieron Rockefeller y Bush. Rockefeller trabajó como un perro durante años. Hasta que un día su padre murió y heredó una fortuna. Bush hizo lo mismo.

—Ninguno perdió una elección en un pueblo de doscientos habitantes.

—Hicieron cosas mucho peores. Bueno, ¿la querés conocer o no?

—Está bien. Pero primero vamos a ver a Julio Bocca.

—No. Julio Bocca o la alcaldesa.

—Julio Bocca.

—Sos un nabo.

***

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la tarde. Bajamos al Subte. Mi amigo mete su subtepass justo cuando descubre que las puertas están abiertas de par en par: viajes gratis para que todos vayan a ver a Julio Bocca.

—No importa —dice—. Mi subtepass es el seguro de viaje. Si tenemos un accidente, yo tengo seguro y vos no.

—Y si no tenemos un accidente, yo habré viajado gratis y vos no.

Ya son las siete y cuarto cuando subimos al subte. Va bastante lleno. La novia de mi amigo da la nota.

—¿Sabías que ayer fue el Día Internacional del Orgasmo? —pregunta a los gritos.

Medio vagón se voltea para observarnos. Mi amigo y yo nos ruborizamos. Somos tímidos y mojigatos.

—No existe eso —digo—. ¿Cómo va a existir el Día Internacional del Orgasmo?

—¡Sí que existe! Lo organizaron unos hippies pacifistas que quieren hacer el amor y no la guerra –explica ella.

—¿Y cómo te enteraste del día del orgasmo?

—Me llamó mi mamá para decirme.

—¿Tu mamá te llamó para decirte que era el Día del Orgasmo? ¡Mentiras!

—Ay, no… —dice mi amigo tímido y mojigato, agarrándose la cabeza—. Es verdad. Por desgracia es verdad.

—Yo ayer no festejé el día del orgasmo —digo.

—Yo tampoco –dice mi amigo..   

—Y yo tampoco –dice la novia de mi amigo.

—Espero que mi novia tampoco lo haya festejado —digo—. Tendría que haberle avisado de que íbamos a ver a Julio Bocca.

—No vamos a ver a Julio Bocca —dice mi amigo.

***

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la tarde. Palermo. Bajamos en la Estación Plaza Italia. Montaron un escenario y un tipo con un bonete da una misa. Comento que tengo ganas de ir a misa.

—Ir a misa es una porquería –dice mi amigo.

—Estaría bueno ir y ver qué pasa —digo—. Examinar el espíritu antropófago o algo así. El núcleo del ritual es canibalismo básico: se comen a Cristo y se beben su sangre. Al menos simbólicamente.

—Por lo menos es sólo simbólico.

Caminamos por Avenida Sarmiento, junto al Zoológico, rumbo a Avenida del Libertador. Hay olor a mierda de animales y cada tanto la novia de mi amigo se asoma para ver los bichos en cautiverio. Mi amigo cuenta que leyó hace poco que no se acuerda en qué zoológico un tipo se acercó para sacarse una foto con unos tigres, le comieron un brazo y murió en el hospital. Yo cuento que leí que en China cuatro tigres de Bengala se comieron a un quinto tigre con el cual compartían jaula y que la explicación fue que la comida escasea por la crisis económica. Obviamente mencionamos a Cutini y su oso.

—Hace poco vi de nuevo en la tele lo de los cóndores títeres —digo al pasar.

—¿Sí?

—Sí. Siguen sin avivarse.

El asunto de los cóndores-títeres fue uno de los grandes descubrimientos científicos de mi amigo. Hace años se enteró de que en el Zoológico de Buenos Aires usan cóndores-títeres para criar cóndores andinos recién nacidos. Los títeres, supuestamente, sirven para que el cóndor bebé reconozca a los de su especie y dentro de tres años, cuando sea liberado, no se vaya a chumbar a una cucha porque se cree perro. Hay dos tipos de títeres: el títere-cóndor-papá y el títere-cóndor-mamá. Es buenísimo. La premisa es la siguiente: los cóndores-bebé son lo suficientemente estúpidos como para confundirse a un cóndor-títere con un cóndor de verdad, pero lo suficientemente avispados como para distinguir entre el cóndor-títere-papá y el cóndor-títere-mamá. Nuestros científicos son brillantes. Paenza siempre lo dice.

—Ya estoy cansado —me quejo—. ¿Falta mucho para que termine?

—Todavía no llegamos —dice la novia.

—Eso es lo más terrible –cierra mi amigo.

***

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la tarde. El sol ya cayó y el cielo comienza a opacarse. Son casi las ocho cuando bajamos las escaleras del túnel de Avenida del Libertador. No veo una cola interminable de habitués del arte esperando sorprenderse con otra nueva genialidad de la bohemia local. ¿Habrá terminado? ¿Habrá canapés? Espero que haya canapés.

—Yo también —dice mi amigo.

—¿Vos también qué?

—Yo también espero que haya canapés.

—Ah. ¿Eso de los canapés lo pensé o lo dije?

El túnel está en Avenida Del Libertador al 3200, esquina Sarmiento, a metros del Monumento a los Españoles, frente al Zoológico donde crían cóndores astutos que son capaces de distinguir entre cóndores-títeres-papás y cóndores-títeres-mamás. Los burócratas que rescataron y reabrieron el túnel en 2003 lo rebautizaron Cruce de Artes. Lo reinauguró el por entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad, Aníbal Ibarra.

El túnel tiene unos cuarenta metros de largo, se construyó en la década de 1920, cuando ya el tránsito volvía bastante complicado cruzar la avenida. Servía además como entrada alternativa al zoológico. Décadas después cayó en desuso y se convirtió en otro basurero lleno de mugre, agua y ratas. Estuvo cerrado veinte años hasta que finalmente se lo reabrió como nuevo espacio de las artes. Está bien. Aunque el arte sea pésimo, es cómodo para cruzar la calle. Está abierto de ocho a diecinueve, excepto si llueve: si llueve, uno se jode y se moja cruzando por la calle.

—¿Está abierto? —preguntamos a un tipo de seguridad.

—No sé —responde el tipo.

—¿Pero se entra por acá?

—No sé —responde.

El tipo parece el vendedor de entradas de cine de Los Simpsons. No me siento mucho más seguro con él cerca.

Como la reja de la puerta del túnel está abierta, entramos. Hay dos o tres personas dando vueltas. Parecen ser organizadores. No se ven canapés por ningún lado. Empiezo a inquietarme.

En medio del túnel pusieron un cuadrado (un cubo, técnicamente, pero cuadrado suena más preciso) hecho de telas. Van a proyectar algo desde adentro, parece ser. El cuadrado de tela está en el medio del túnel y ocupa casi todo su ancho y largo; sólo hay, de costado, un pequeño pasillo cubierto en tela negra para trasladarse de un lado al otro. Lévi-Strauss hablaría de espacios simétricos e inversos, o algo así.

Pasamos al otro lado del cuadrado y no hay gente. Tampoco veo canapés. Aparentemente la función todavía no empezó, aunque estaba anunciada para hace una hora. El portón del otro lado del túnel, que da a los bosques de Palermo, está cerrado. Afuera hay una multitud esperando que abran: cuento tres personas. No sentamos con mi amigo en los escalones y esperamos los canapés. Ya sabemos que no habrá canapés. Es muy frustrante.

—Tuvimos que haber ido a saquearle la heladera a tu mamá —digo.

—Ya se la deben estar saqueando la neoyorquina y la alcaldesa.

—Es probable.

La novia de mi amigo saca fotos. Parece entusiasmada. Viene el tipo de seguridad de Los Simpsons y abre el portón para que las masas desciendan a las profundidades del arte. Las tres personas se sumergen y parece ser que el show está por empezar. Hay sonidos y música y empiezan a pasar imágenes en el cuadrado. El cuadrado tiene fotos cuya pertinencia no entiendo, un texto cuya pertinencia no entiendo y una estética cuya pertinencia no entiendo. Moviéndose por encima de todo esto hay peces; tampoco entiendo por qué hay peces. Aún ni intentándolo podrían haber hecho algo más tedioso. Cuento unas catorce personas, incluyéndonos, casi todos organizadores. Nadie le presta atención al cuadrado. Los pocos presentes hablan entre sí, están de espaldas, se miran como intentando resolver por qué alguien estaría allí mirando ese cuadrado. Pasamos del otro lado del cuadrado. Por un lado quiero saber si de ese lado hay más gente; por el otro, sigo esperanzado con que aparezca un mozo con los canapés inaugurales. Del otro lado no hay nadie. Bueno, ahora estamos mi amigo y yo. Más tarde se suma su novia. Ningún canapé. Sufro.

Nos sentamos en las escaleras. La función continúa pero no hay nadie mirándola. Acá es cuando los autores dicen que el mundo no está preparado para su obra, que el público bruto no comprende las sutilezas de su arte elevado (aunque estemos en un túnel). No hay canapés, la noche ya cayó sobre Buenos Aires. Dan ganas de repetir los gritos del Payaso Krusty en un partido de fútbol: “¡A ver, bultos, hagan algo!”.

Nos vamos. Es hora de empezar a culpar a la novia de mi amigo de nuestro aburrimiento.

***

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la noche. Caminamos por la Av. Sarmiento de regreso al Subte. Las luces navideñas siempre le ponen un lindo toque a la ciudad. La novia dice algo de la crisis energética. Yo digo que prefiero gastar plata en luces navideñas y no en bodrios artísticos como el que acabamos de ver. Recuerdo una expresión de Kim Gordon, bajista de Sonic Youth, recogida por Greil Marcus en su libro Rastros de Carmín: en los 70, había dicho Gordon, la gente iba a los conciertos y pagaba entradas para ver cómo otra gente creía en sí misma. Hoy es el Estado quien le paga a estos bultos para que crean en sí mismos.

Hacemos el camino de antes, sólo que ahora es de noche y estamos más cansados. El olor a mierda se mantiene. Hablamos de textos y metatextos, de discursividad y metadiscursividad.

—Lo más interesante —dice mi amigo mientras caminamos por Sarmiento rumbo a Plaza Italia— es que no recuerdo haber hablado de textos, metatextos, discursividad y metadiscursividad mientras caminábamos por Sarmiento rumbo a Plaza Italia.

Su novia sigue mirando los bichos del zoológico y les hace ruidos extraños.

—Tampoco recuerdo —agrega mi amigo mientras mira a su novia haciendo ruidos extraños a los bichos del zoológico— que ella les hiciera ruidos extraños a los bichos del zoológico.

—Es lo de siempre —digo—. En general los mejores textos son aquellos que construyen sus mundos posibles y permiten que uno se sumerja en ellos, que entre a jugar con sus reglas. Pero a veces está bueno, también, cuando el texto deja ver sus costuras.  

—Es interesante —asiente mi amigo—, pero ambos sabemos que ni por asomo dijiste semejante cosa mientras caminábamos por Sarmiento rumbo a Plaza Italia. Además, yo jamás diría “ni por asomo”.

—Todo muy cierto, pero no te olvides de algo importante: “Como autor, tengo ciertos poderes”.

—Muy bien. Estás citando a Spencer Holst en El idioma de los gatos. Y lo más curioso es que nunca leí nada de Spencer Holst. De hecho, ni siquiera sabía de su existencia ni de esa línea. Y sin embargo, ahora lo reconozco como si fuese una melodía de los Beatles.

—Ya ves: como autor tengo ciertos poderes.

Cruzamos la plaza y la misa dio lugar a una representación del pesebre. Hay muchos saltimbanquis corriendo de acá para allá al ritmo de una canción de Emir Kusturica. Pesebres eran los de antes, suspiro.

—Me acuerdo —dice mi amigo— que hace un montón de años, un día de Noche Buena más o menos a esta hora, salimos del Subte acá mismo, compramos unos helados de palito y nos fuimos caminando por Santa Fe para el lado del centro.

—Siempre fuimos aventureros. Pero sí, me acuerdo. Aunque no me acuerdo qué estaríamos haciendo por acá, sí me acuerdo de los helados: esos de crema y frutilla con forma de cara.

—Seguramente te las arreglaste para que invitara yo, como siempre.

—Seguramente.

***

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la noche. Centro. Faltan unos minutos para las nueve cuando salimos de la Estación Tribunales. Mi amigo insistió con bajar ahí en virtud de no sé qué plan brillante que nos hará evitar las multitudes ansiosas por ver a Julio Bocca. Pasamos junto a un cartel callejero que dice “Gracias Julio”, firmado por Personal, de Telecom.

—¿Viste estos carteles? —pregunta.

—Sí. Pensé que tenían alguna relación con Julio Grondona. O con Julio López.

—En Ámbito Financiero salió una nota que decía que a primera vista podían relacionarse con Julio De Vido, el ministro de Planificación. Nadie pensó en Julio Bocca.

—Es que Julio Bocca es “Julio Bocca”. Nadie dice “Julio”, pero tampoco “Bocca”. La mayoría dice “Julio Bocca”. 

—Otro misterio que tenemos que resolver.

Caminamos hacia el lado del Obelisco. Desde acá se ve el tráfico habitual, quizás el plan brillante de mi amigo funcione y encontremos lugares de maravilla para ver a Julio Bocca. El problema es que los planes brillantes de mi amigo nunca funcionan.

Julio Bocca nació en Munro, provincia de Buenos Aires, en 1967. Antes de cumplir los veinte años ya era uno de los bailarines de ballet más importantes del país. Hoy brinda su última actuación como bailarín profesional, luego de una gira despedida que pareció más larga que la gira despedida de Ramones, que fue larguísima. El lugar elegido es el Obelisco de la Ciudad de Buenos Aires y lo acompañan músicos como Carlos “La Mona” Giménez. Se supone que el significado es traslúcido: Julio Bocca logró mezclar la danza clásica con la cultura popular. Que su última presentación sea en el Obelisco lo confirmará de cara a la consagración histórica del hecho y la biografía. Todo simbólico. “En lo simbólico —escribió Beatriz Sarlo— se expresa la verdad de una sociedad, se encierra su historia y se define su futuro”.

El escenario está frente al Obelisco, orientado hacia el sur. Cruzamos Corrientes cuando escuchamos los primeros aplausos. Está hablando Marcos Mundstock, del grupo humorístico Les Luthiers. Señalo el reloj del Banco: indica las nueve en punto.

—¿Ven? —digo—. Esto es puntualidad, no como con el cuadrado ése que empezó tarde.

—Pero ese reloj no funciona —dice mi amigo—. Hace años que no funciona.

Miro la hora: son las nueve en punto.

—Son las nueve en punto.

—Casualidad.

—O destino.

—Callate, nabo.

Y entonces chocamos contra la pared humana. Desde donde comienza el escenario hacia el lado sur de la ciudad hay una pared inexpugnable formada por trescientos mil o cuatrocientos mil personas. Tratamos de entrar a la pared, por el lado de Cerrito, pero es imposible avanzar. Caminamos unos diez metros y quedamos atascados. Decidimos volver sobre nuestros pasos. Mundstock sigue hablando.

Resolvemos rodear la multitud y “entrar” por alguna calle lateral. La novia de mi amigo insiste en hacer una parada en el McDonald’s para comprar papas fritas. Yo digo que no, que quiero ver el comienzo. Agarramos Peña, doblamos por Suipacha, volvemos a doblar por Perón y salimos a la 9 de Julio, de lado de Carlos Pellegrini. Nos insertamos en la muchedumbre como podemos. Ya somos parte de la masa, parte de la historia, parte del último baile profesional de Julio Bocca. Empiezo a preguntarme cuánto faltará para la gira regreso.

Comienza la música. Ovación. Y entonces, allá a lo lejos, se ven tres puntitos saltando en un escenario. Parece un Circo de Pulgas y, al igual que en los Circos de Pulgas, uno no ve las pulgas pero asegura que sí. Una mujer al lado nuestro lee un cronograma que imprimió del sitio web de Clarín y explica que son Julio Bocca, Eleonora Cassano y Maximiliano Guerra. Las pantallas de video gigantes están estratégicamente ubicadas para que uno no pueda verlas porque están tapadas por árboles, carteles, palos de luz y múltiples objetos. Es imposible ver qué está sucediendo en el escenario, estoy cansado, tengo hambre, mi amigo quiere ir a comer de su mamá y su novia quiere papas fritas. Y sigo sufriendo por no haber recibido canapés como premio por pararme frente al cuadrado artístico lleno de peces. Exijo una butaca y calma. No puedo disfrutar de ver bailar a un tipo que no veo bailar: sería como disfrutar de saborear un helado de limón que no estoy saboreando.

El ambiente está sereno, más allá de algún pisotón o empujón. Hay mucha gente de mediana edad para arriba. Los vendedores sacan plata extra para el arbolito. Lo que más se venden son botellas de agua mineral y prismáticos. Un iluminado está parado sobre un banquito de plástico. Levanta en alto otro banquito.

—¡A los banquitos, a los banquitos! ¡A los banquitos para pararse y ver a Julio Bocca!

Diez pesos cada uno. El tipo los vende de a montones, se está haciendo una fortuna. ¿Por qué no se me ocurrió a mí vender banquitos? Alguien compra el banquito, se mete entre la multitud, se para sobre el banquito y le gritan: “¡Che, pelotudo, bajate del banquito que tapás todo!”.

Una mujer sentada en una reposera se queja porque hay gente parada delante de ella. Hay doscientos metros de personas delante de ella, le explica alguien, pero igual sigue quejándose. Finalmente se pone de pie y se va diciendo que tenemos el país que nos merecemos. En general reina la calma, algunos sacan fotos y otros graban con celulares. Un pelado atrás nuestro toma vino. Pero en lugar de beber de un envase de cartón, como suele verse en los espectáculos de la vía pública, toma de una botella de vidrio que acaba de descorchar. El resto se da vuelta, va, viene, habla. Las pulguitas siguen saltando en el escenario y el único motivo por el cual alguien estaría acá es por el solo hecho de estar acá. Quizás para ver cómo Julio Bocca cree en sí mismo. Somos parte de una idea, de un concepto: 300.000, 400.000 ó 500.000 personas que vinieron a ver a Julio Bocca. Aunque hayamos estado cinco minutos y no hayamos visto nada, en cincuenta años podremos decir que vimos el último show de Julio Bocca.

—No tiene sentido—–suspira mi amigo—. No se puede ver esto acá. 

Tiene razón. Si uno busca algún mérito que exceda el hecho de formar parte de un gran evento (por ejemplo, ver a un gran bailarín bailar por última vez), todo esto no tiene sentido. La 9 de Julio no es el lugar para ver bailar a Julio Bocca. Escuchar cierto tipo de música, vaya y pase. Pero ver a una persona bailando, a cien, doscientos o trescientos metros de distancia es físicamente imposible. No tiene sentido.

Pasan diez minutos y ya nos aburrimos de sólo formar parte. Volvemos sobre nuestros pasos. Dejamos atrás los baños químicos y caminamos hacia el Subte justo cuando empieza a cantar Mercedes Sosa. Mi amigo insiste con que nos apuremos para no tener que escucharla y yo temo que no lleguemos a tiempo. Quizás, si volvemos por las calles paralelas, no tengamos que escucharla. Nos tapamos los oídos y apretamos el paso.

***

Buenos Aires, sábado 22 de diciembre de 2007, por la noche. Mi amigo y su novia acaban de meterse en el Subte y yo insisto en quedarme un rato más. Paso por Burger King y pido un Whopper. En la calle unas promotoras ofrecen Coca Cola. Dejo atrás Peña y Suipacha. Me siento en el cordón de Mitre y Pellegrini. No veo el escenario, ni las pantallas, ni nada. Escucho la música. Veo la gente que pasa. Estoy pensando en que el secreto del Whopper es la cebolla: es lo que le da ese gusto tan particular. La Coca tiene un gusto raro. Descubro que es Coca Zero. Una vez mi amigo dijo que la Coca Zero la habían lanzado para motociclistas musculosos que no se animaban a pedir Coca Light porque no querían arruinar su imagen. Entonces comienzo a preguntarme si el universo está a salvo cuando uno mira danza clásica tomando Coca Zero y comienzo un Whopper sentando en el cordón de la vereda de la 9 de Julio. Concluyo que si uno piensa en todas estas cosas en vez de concentrarse en el espectáculo es porque hay algo que está funcionando mal. No tiene sentido todo esto, en serio.

Voy hacia el Subte. Estoy pensando en que cada forma de arte necesita su espacio, pero que también necesita su público. El cuadrado tenía su espacio, pero no tenía público. Julio Bocca tenía público, pero no su espacio. Ni chicha ni limonada.

Ya en casa prendo la tele. En el noticiero comentan que Julio Bocca se está despidiendo y muestran imágenes de Julio Bocca bailando con una mujer que tiene el pecho al aire. Vuelvo a sufrir. Había una mujer desnuda bailando en la 9 de Julio y me la perdí. Quizás mi amigo diga que eso no tiene gracia, que a las mujeres que bailan desnudas hay que verlas en los cabarets, no en la 9 de Julio; que lo divertido es ver autos andando en los caños de los cabarets. No importa. Igual, parado en un banquito a dos cuadras de distancia, no hubiese visto nada. No tuve que haber respondido el teléfono. Estoy cansado, pensé en Paenza, no hubo canapés, tomé Coca Zero, estoy repitiendo el Whopper, me entró un poco de Mercedes Sosa en los oídos y me perdí a una mujer desnuda bailando gratis en Corrientes y 9 de Julio. Sigo sufriendo.

La vida es injusta, pero hay que aguantársela. Son las once y me voy a dormir. Otro sábado a la noche lleno de aventuras. Ya vendrán tiempos mejores: días en que habrá carreras de caballos en el Teatro Colón.

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